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En una ocasión escuché a un profesor decir: “si no fuera por los diez primeros minutos todos seríamos culturistas, ingenieros, grandes matemáticos o estrellas del deporte”. En todas las áreas, actividades y adquisición de conocimientos, lo difícil son los 10 primeros minutos; pasados esos minutos todo es más fácil.
Cuando llegué de mi primera salida a una catástrofe me preguntaron qué había sido lo más difícil para mí de aquello: si la pérdida de vidas humanas, la pérdida de recursos, la pérdida de los bienes de la población, el desastre medioambiental o la incertidumbre de lo que les vendrá después. Me acordé de aquel profesor y sus 10 primeros minutos y pensé que no, eso había sido lo más fácil. Lo más difícil habían sido los 9 años desde que pagué mi primera cuota en una ONG hasta que salí por primera vez a ayudar, porque de eso se trata: de ayudar, no de causar problemas en un lugar ya de por sí abrumado por la situación.
Y para eso tienes que estar preparado: cursos, prácticas, desplazamientos durante días con la ilusión de coger algunos conocimientos más que poder aplicar algún día, cuando toque ayudar. Preparado para trabajar 12 o 14 horas con la incertidumbre de dónde y cuándo vas a dormir, sin saber qué vas a comer ese día y sin saber qué se va a esperar de ti en un momento dado.
Los paracaidistas portugueses nos decían: “instrucción dura, guerra fácil”, y eso es lo más difícil: seguir todos estos años manteniendo la ilusión, cuando tirar la toalla es lo más fácil.

